Una casa comprada con cada rincón imaginado meses antes de tenerla, y una hoja de hábitos que se quedó a mitad de una grilla. Entre esas dos veredas, una reflexión sobre lo que realmente hace falta para sostener una meta hasta el final.
Durante años tuve un muñequito mirando para el lado equivocado, sin darme cuenta de lo que eso significaba. Esto es lo que entendí el día que, esperando el agua del mate, lo giré ciento ochenta grados.
Fui a Amsterdam a hacer nada en particular y terminé mirando veredas mojadas como quien mira un proyecto sin terminar. En dos días, junté un montón de detalles y una pila de ganas de volver.