Los brazos llenos de bolsas y no poder abrir la puerta de tu casa
- Juliana Rojas

- hace 1 día
- 2 min de lectura
Antes de ayer me encontré cara a cara con mi agenda. Ahí estaba, un jenga de tareas de la semana, todas las columnas a tope, y tenía dos días, jueves y viernes, para bajar todo lo urgente antes de que el fin de semana me llevara la cabeza a otro lado. Empecé a mover tarjetas: esto se cierra el jueves sí o sí, esto puede esperar al viernes que viene. La clasificación de siempre, urgente VS importante.
Es esa sensación de traer los brazos llenos de bolsas y no poder abrir la puerta de tu casa. No hay forma de sumar nada nuevo hasta que sueltes algo primero.
Hay clima de fin de año en pleno julio. No es el calor que tuvimos ayer y hoy y el olor a verano que hay en la calle, es otra cosa: la mezcla de final mundialista y vacaciones de invierno que le mete a todo el mundo el mismo apuro. "Necesito un día de cuarenta y ocho horas", dicen. A lo que digo: no es un tema de tiempo, es lo que hacemos con él.
En la pila de obligaciones que había calendarizado, salieron a flote dos tarjetas que no esperaba: terminar de leer ese libro que empecé hace unos meses y empezar meditaciones. Casi un salvataje.
Y ahí, la agenda como cuasi biblia, porque todo lo que anoto ahí se cumple, no se pospone, no se olvida, hizo su trabajo también con esto. Me hice la pregunta: ¿cargo la laptop en la valija, o no hacemos nada por cinco días?
¿Pero qué significa no hacer nada? Qué mala fama tiene no hacer nada. Te pesa la cabeza cuando no estás tachando algo, te convencés de estar perdiendo terreno. Te da una ansiedad que parece que viene del apuro, pero no, viene del no haber hecho.

No hacer nada es absolutamente necesario. Cuando no hacés nada, entra aire fresco en tu cabeza. No es la ausencia de algo, es un espacio con forma propia, con su propio ritmo. Lo raro es que tratamos esa pausa como un problema a resolver rápido, cuando en realidad es lo que sostiene todo lo demás. Sin ese aire, hasta la disciplina se vuelve piloto automático.
No llevo la laptop, pero llevo tarea igual. Dos tarjetas, nada más. Leer, meditar, más que to-dos son recordatorios: "acordate que también te tenés que desenchufar." Le hago trampa a mi propia cabeza: le pongo una tarea de no hacer nada, para que crea que sigue siendo productiva mientras en realidad solo respira.
J.



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