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No vamos a aceptar tu oferta

El flaco dijo eso sueltito de cuerpo y en ese momento, mis ojos visibilizaron que los reyes magos se sacaban el maquillaje, el pelo falso y se iban a comer un panchito al kiosco de la esquina.


Diagnóstico automático: mala suerte. Porque cuando algo me sale bien soy crack, pero cuando se cae es el universo conspirando.


Valija gris con cinta negra atada al asa junto a una mochila negra, vistas desde arriba, con un par de zapatillas blancas con rayas negras asomando abajo.
Última foto.

Cuando aparece una escena clave en tu vida, naturalmente no lo sabés en el momento, pero rebobinando la película cuando ya estás en el futuro, es saboreable para siempre. Me acuerdo que estaba en el sillón de la casa donde vivía hace dos años, por irme a dormir. Dije "dos minutitos de redes y apago todo". Y en ese instante, mis ojos atraparon lo que para mí era la casa perfecta: por estilo, por ubicación, por distribución, tenía todo lo que yo, que venía procrastinando una decisión de mudarme, sabía que tenía que tener una casa. La casa de mis sueños. Me abalancé sobre la publicación y dos días después, estaba entrando a verla. Otros dos días más tarde, la señé con los únicos mangos que tenía.


Te la hago corta: salí a pedir plata prestada, completé formularios para sacar un préstamo hipotecario, puse en venta la casa que tenía que vender, porque ella y yo nos estábamos viniendo abajo si seguíamos juntas un tiempo más.


En el medio empezaron a pasar cosas: tropezones burocráticos con el préstamo, publicar y lograr vender una casa en tiempo récord, porque la seña que había firmado tenía una vigencia, y en el medio, lidiar con cambios de reglas, trampas propias del rubro inmobiliario con esta newbie ilusionada con que le cuadre una ecuación imposible. Igual, pura ilusión, eh. Creía en mi arrebato plenamente. Esa publicación me había sacado como si hubiera estado años al lado de una estufita a leña y me hubiera arrojado a la nieve en piyama.


A los cuarenta y cinco días de la seña, me dijo: "no vamos a aceptar tu oferta", y aunque la decisión de ahí en más era mía, porque implicaba poner más plata, ya había empezado a notar que la barba de los reyes era algodón pegado en una cartulina. Así tal cual, la casa de mis sueños, que era tan perfecta como pretensiosa, se transformó en el humito de los fuegos artificiales. Solo quedó olor a pólvora.


Ya estaba en el baile. Mi casa estaba a la venta. Y yo me iba a tener que ir. Pero ninguna casa me copaba. Me había enamorado de una casa irremplazable. "El amor es así".


Tres días después, de una planilla de treinta casas, elegí la menos mala para ir a verla. De la travesía de tener que elegir entre treinta casas de una lista, hice un ta-te-tí medio subjetivo y elegí bastante rápido la que menos me molestaba ir a ver. No hubo amor a primera vista en la publicación. Y lo que te estoy por contar es re loco: era una casa idéntica a la anterior, pero en mejor estado, en mejor zona y en mejor precio.


Salí ganando. El universo no estaba conspirando en mi contra. Estaba conspirando a mi favor, una cuadrita más por allá, quince cuadritas más por acá, y al final una ubicación de re chupete.


Porque cuando solté lo que no me convencía, vi que lo que tenía que dejar de ser dejó de ser. No fue casual, fue causal.


J.

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