La única forma de saber si podés, es ir
- Juliana Rojas

- hace 7 días
- 2 Min. de lectura
No sabía si iba a poder con todo. Spoiler: pude.
Berlín, Ámsterdam, Madrid. Tres semanas sola, por primera vez.
Esto es lo que pasó:
Llegué a Berlín un miércoles a la noche. Todo impecable: del tren al Uber, del Uber al depto. El depto perfecto. Un Rewe en la esquina abierto a las 11pm. Todo bajo control.
Al otro día no me animaba a salir.
Algo me apretaba. La ciudad, el idioma, no sé. A la mañana salí a dar una vuelta a la manzana. No crucé la calle. Volví adentro.
A las 3pm intenté de nuevo. Salí a ver si lograba conocer el barrio y me topé con un nail salon atendido por chinos que hablaban alemán y poco inglés. Me hice las uñas. Luego me indicaron que tenía que ir a un cajero a sacar efectivo. Fui. Volví. Algo se acomodó.
Al día siguiente fui al casamiento de un amigo. Eso también me estabilizó.
Al cuarto día fui al lavadero, de esos que no tienen personas, solo máquinas. Me rompió la mitad de la ropa y manchó la otra mitad con grasa. Me quedé con haber vencido a dos máquinas alemanas.
Al día siguiente me animé al tren.
Berlín me enseñó que no hace falta resolver todo de una vez. Y que a veces el plan falla, te mancha la ropa, y salís igual.
En Berlín también estaba la torre que aparece en el video de Stay, de U2. Una de mis canciones favoritas. Quise ir.
Crucé el Tiergarten entero creyendo que faltaba un poco más. Me acerqué a los últimos árboles y de atrás de ellos salió la torre. La tenía encima.
No me pude mover. Me quedé inmóvil. Me emocioné.
Fue como ver a un famoso.
De Berlín a Madrid, escala en Amsterdam. En el aeropuerto de Berlín compré por error dos hamburguesas completas. Me comí una ahí. La otra la guardé en el bolso.
Llegué a Amsterdam con medio bolso lleno de jugo de tomate y diez minutos para embarcar a Madrid.
Puse unas servilletas adentro del bolso, me senté en el piso al lado de la puerta de embarque y me la comí con toda la satisfacción del mundo.
No hubo drama. Solo una hamburguesa reventada y yo, completamente entera.
La última noche en Madrid me saqué a comer a un restaurante que había visto ese día al atardecer. Me vestí para una cita. Conmigo.
Me pedí un vermú, un plato riquísimo y un cheesecake de postre.
Al volver al hotel la noche era tan perfecta que en lugar de doblar, seguí caminando. Sin destino. En un estado de bienestar que pocas veces había experimentado.
Ahí entendí algo: esto es lo que pasa cuando confiás en vos.
Me fui con un itinerario. Días, lugares, traslados, todo planificado. Pero me fui también con algo más importante: la decisión de no aferrarme a nada.
Si algo se movía del plan, se acomodaba una alternativa. Sin drama. Sin resistencia.
Eso también es una habilidad. En este viaje la descubrí y la abracé.
Al final del viaje me senté a hacer una lista. Logros en una columna. No logros en la otra.
La segunda columna quedó vacía.
La única forma de saber si podés, es ir.
J.



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