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El rabito se me movía sin parar

El avión frenó en seco, entró un hilito de sol cuando abrieron la puerta y fue como que toqué el piso, me persigné y salí a jugar el partido.

Hombre con gorra y anteojos de sol, sentado en una silla plegable en la calle, mirando a dos personas que pasan, con una pared de ladrillos y una planta de fondo, en una vereda empedrada de Amsterdam.
Alguien realmente local, con toda la tarde libre para ver quién pasa por la calle.

Llegar a un país que nunca había pisado, que habla un idioma que no entiendo ni por asomo, me tenía con un pelito más de expectativa que lo habitual. Seguramente estás pensando "qué pavada está diciendo", pero a mí lo que pasa por primera vez me tensiona un poco, después relajo. Y la verdad hice bien en hacerlo porque no pasó nada raro y, al contrario, me acomodé a los dos minutos de llegar.


La gente fluía en el aeropuerto a una velocidad constante, sin apuros, sin tropiezos, como un video en 0.5x. Me relajé bastante.

Desde el Tesla que me llevaba al hotel (y vos decís haciendo montoncito con la mano, ¿un Tesla?, sí, tranqui el repertorio de autos para humanos regulares) me imaginé siendo local, yendo al centro por la autopista, haciendo foco especialmente en que la humedad, los árboles y el cielo gris me estaban regalando un paisaje de esos que te dan ganas de abrir más los ojos, entre neutros y verdes bien saturados. Quería bajar el vidrio y sacar la cara como perro a pleno, puro viento y felicidad. Auto a auto podés espiar cómo habla la gente, cómo se rasca la cara o mira el teléfono en esos segundos en que el tráfico los detiene.


Una vez instalada y habiendo hecho reconocimiento de campo, salí a la calle con esa energía que te dan los días de planes piolas. Me había acostado la noche anterior con esa sensación, como cuando esperabas a los reyes magos. Un plan piola era, entre otras cosas, visitar la fábrica de la cerveza verde con la estrellita roja, comer algo por ahí y subirme a un bote con otra gente en la misma. Libertad y viento en la cara. Si en ese momento me transformaba en perro, el rabito se me movía sin parar.

Los demás días caminé entre la gente y flashé que vivía ahí: entraba al súper como quien ya sabe en qué góndola está el pan, cruzaba semáforos con el mismo apuro que los que vivían ahí, dejaba de mirar el mapa porque ya me había aprendido todos los canales y por dónde cruzarlos. Dejé atrás gente amontonada, autos, bicicletas, caminé el barrio, me fui reflejando en las ventanas de barcitos a los que iría si hubiera tenido más días. Posta, los quería visitar a todos. Los quería probar a todos. Me amontoné con otros para cruzar. Puteé en silencio a las bicicletas. Navegué los canales flasheando siestita en una hamaca paraguaya, el sol en la cara, el olor del aire mezclado con agua, la vista desde un ángulo distinto.

Me colgué mirando esas veredas con humedad permanente, con ese fresquito medio mojado en el aire, agua por todas partes, como ver una película con mis propios ojos, en 4D o 5D, donde se sienten los aromas, los sonidos en 360 y los árboles de los parques como capas de Photoshop. Ves bicis, ves barcitos, ves gente parada en las puertas con la birra en la mano, ves menos acelere, cada persona contando una historia, siendo actores de mi propia película, extras y protagonistas a la vez.

El par de días que pasé fue como cuando te tiran del buzo desde atrás, y te das cuenta que el lugar te invitó a caminarlo a otro ritmo. Todos los detalles que guardo de esos días ya me insisten en que vuelva a pasar por Amsterdam.


J.

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