Vas a tener que salir a contarlo
- Juliana Rojas

- 7 jun
- 2 min de lectura
Mirá este candado. Lo compré en Temu porque quería algo piola para una especie de baulera: sin llavecita, con combinación de letras, fácil, práctico, lindo. Click, comprado.

Anduvo perfecto hasta que lo tuve que usar para algo más comprometido. Cuando lo resolví, le cambié la clave. Una ola de inseguridades propias, de esas más inventadas que reales, me envolvió justo en ese momento y tomé la decisión. Clave nueva.
Candado cerrado, todo bajo control. Pero claro, no estaba todo bajo control. Ahí empezó la mismísima pérdida del control: porque me olvidé la combinación.
Estuve 48 horas, dos o tres horas por día, probando palabras. Con lógica, con intuición, con IA. Nada. La nueva clave me había parecido tan obvia en el momento que ni la registré. Así que no era tan obvia.
Todo esto fue como cuando le das vueltas y vueltas a un proyecto tratando de hacerlo mejor, sin darte cuenta de que todo ese tiempo no es más que dilatar su nacimiento. Si hubiera encontrado la clave, capaz hoy estábamos hablando de perseverancia. Pero no la encontré. Tuve que cortarlo.
Y después del corte vino la reflexión. Qué pedazo de reflexión.
Alguien me hizo una pregunta que me tiró un balde de agua fría en la cara: ¿te das cuenta de que vos misma cerraste e incomunicaste todo lo que tenés guardado ahí adentro? Te jaqueaste a vos misma. Le pusiste candado a algo que nadie va a venir a buscar: lo tenés que dejar salir vos.
Ahí entendí que esto fue duro, pero a la vez una enseñanza enorme: lo que no queremos abrir y dejar más accesible nunca va a ver la luz si no lo permitimos.
Y no hablo de la puerta. Hablo de todo lo que cuidamos más que un dragón a la princesa de la torre: ideas, proyectos, partes de nosotros que guardamos bajo diez llaves porque en algún momento decidimos que es más cómodo así.
¿Quién gana con eso? Nadie. ¿Quién pierde? Todos.
A medida que vas creando y poniendo tu propia impronta, vas a tener que salir a contarlo. Y vas a darte cuenta de que no estás trabajando sobre tu querido diario íntimo. A veces necesitamos que nos caiga un candado en la cabeza para mostrar a nuestro Simba al resto de los animales del reino. Necesitaba que venga alguien y me lo hiciera ver. Brindo por eso.
Este fue un reconocimiento personal forzoso de esos que marcan un momentum. Ese en el que tenés que romper la cuarta pared para poder seguir, a partir del feedback de otros, de lo que nos hacen ver, de ponerle valor a lo nuestro y dejar de jugar al "qué bueno estaría" para pasar a jugar en la liga del "qué bueno que está".
Mientras protejamos esa versión ideal de nosotros, sacrificamos la posibilidad de mostrar la real. El sistema de creencias dice que exponerse es una mala idea. Mejor que te vean construyendo que esperar a tener la versión perfecta de eso que construiste*.
El candado de Temu: baratito. La lección: un toque más cara. Valió 100%.
*Este pedacito más o menos así se lo escuché decir a Sofi Tardáguila.



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