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Sin metas no hay paraíso

Actualizado: hace 2 días

En 2024 me compré una casa. Solo vi tres, porque ya sabía exactamente cómo tenía que ser no solo la casa: la cuadra, el barrio, la zona entera y la ubicación.


Tenía el racional de todo: el detalle de cada rincón, dónde iba a ir cada mueble y cada objeto, sabía que mis hijas iban a subir y bajar escaleras, que iba a reunir gente querida alrededor de una parrilla, que el sol iba a entrar por la ventana. Sabía incluso que iba a girar 360 grados parada en el living y me iba a sonreír. Hoy, cuando giro esos 360 grados, todavía me emociono acordándome que escribí esa escena seis meses antes de que pasara.


Todo esto fue un ejercicio enorme de algo que podría llamarse manifestación. En el texto que leí cada mañana al levantarme y a la noche antes de dormir durante 6 meses sin interrupción, estaban todas esas especificaciones: mis hijas riéndose, una cortina moviéndose al lado de mi cama, el sol entrando, el olor a café, y no tomaba café en ese momento.


Suena a manifestación, sí. Pero esa imagen mental fue lo que armó una meta tan concreta, que mi energía le dijo a mi foco que le dijera a mis manos que accionaran en una única dirección: esa, y ninguna otra.


Reconozco que durante esos meses perdí bastante algunos sentidos, dejé de lado otras actividades que pasaron a ser el segundo cordón de mi atención. Mi cabeza se puso full foco. En el momento lo sentí monotemático, me costó decir varias veces no, y por momentos, el radar se me apagó. Con el tiempo, dejé de sufrir FOMO y me pasé al JOMO.


En el proceso necesité agarrarme de algo más real que esto de la concreción de los sueños. Así que los traje a un terreno más mental y los transformé en metas, a las que pude dar una forma o un método aterrizado con la manera en que los iba a hacer posibles, porque sin metas no hay paraíso, y porque cuando hablamos del terreno más abstracto, es difícil saber hacia dónde traccionar una vez que nos arremangamos y nos pusimos los guantes.


No es que tengas la meta y camines derecho hacia ella. Es que el camino serpentea, y aun así vale la pena sostenerlo.


Lo que podemos llegar a escuchar como manifestación no es otra cosa que un estado de foco extremo. El hábito de hacer algo con tanta convicción que te lleva a tanta consistencia, que hacerlo repetidas veces, con una cuotita de impacto diario, te lleva a un resultado de: sí o sí.


Leí mucho sobre esto, porque de repente, este fue el hitazo de mi vida y quería saber qué había hecho, con un sostén escrito por otras personas.


Sofía Contreras dice algo relacionado en Pasa a la acción: en un mundo de opciones abundantes en todos los ámbitos de la vida, es difícil decidirse por la opción que lleva más esfuerzo. Es la misma paradoja que describe Barry Schwartz: cuantas más opciones tenemos delante, más difícil se vuelve elegir, y ni hablar de elegir la difícil.


En Hábitos Atómicos se habla de que la motivación más grande aparece cuando un hábito se instala en nosotros y pasa a formar parte de nuestra identidad. Y cuanto más te guste esa faceta, más la vas a cultivar. Acá es lo mismo: cuanto más vas hacia tus metas, y sobre todo cuanto más ves que las vas alcanzando, más querés seguir adelante.


En El Secreto se menciona mucho de la ley de atracción, y aunque estoy de acuerdo con el enfoque, creo que esa ley se puede bajar a algo concreto: querés concretar algo, al imaginártelo sentís felicidad o satisfacción, eso te lleva a accionar, y ese mismo foco te empuja a seguir. La ley de atracción puede sonar espiritual, a mindfulness, pero tiene un motor real: hacer cosas concretas a partir de una meta consciente y sostenida en el tiempo.


Ahora bien, todo buenísimo con ir para adelante, pero este es un camino lleno de espinas.

La emoción por algo, con todo y con todos, no es permanente. Es fácil vivir cuando está presente. Lo interesante es ver cómo batallamos contra su ausencia.


Hoja cuadriculada de seguimiento de hábitos, con puntos marcados en los primeros casilleros que van desapareciendo a mitad de la grilla.
Así se ve un hábito que arrancó con todo y se quedó a mitad de camino.

Cuando baja la espuma es donde se ve todo. Empezar, y empezar con pilas, lo puede hacer cualquiera, es un mundo saturado de colores y de flores, el sesgo del optimismo saliendo a comerse la cancha con la 10 puesta. El asunto es cuando la adversidad inunda tu vida y en algún momento te replanteás la existencia, tu cabeza te autoboicotea y te pide un cooling break para hacer un rato de scrolleo en vez de seguir, te dice que la vida es una sola y que no estás para tanto sufrimiento.


Ahí es donde empieza la magia. En esa cancha se ven los pingos: los que pasan para el otro lado entendieron que no hay alternativas tibias, es eso o no será nada. El resto va a agarrar el camino más fácil y se va a quedar piola, aunque siempre va a haber un rinconcito en su cabeza que añore lo que pudo ser y no fue, por falta de empuje, de iniciativa, de decisión, de constancia, o de la culpa que quieran ponerle a alguna circunstancia de turno: el sesgo de la negatividad salió del banco y empezó a precalentar.


Este momento tiene que ser vivido y tiene que ser superado. Cerrás los ojitos y seguís caminando, un pie adelante, uno atrás. Esto es disciplina. Es el propio hardware peleando contra las habilidades blandas. Un modo robot para cuando aflojemos.


No está muerto quien pelea. Como en la remontada de la Selección Argentina que terminó 3 a 2 contra Egipto en el Mundial 2026. Las estadísticas dicen que en el minuto 79, 2-0 abajo, las chances de ganar eran del 0,16%. De más de 10 mil equipos que estuvieron en esa misma situación a lo largo de la historia, apenas 16 lograron darla vuelta. Nunca había pasado algo así en 96 años de Mundiales.


Y eso fue una meta única y clara, trasladada al cuerpo, con el sistema 1, ese modo automático de la cabeza que no necesita pensar para actuar, trabajando a pleno: lo que ya sabés hacer, en modo mecánico, ejecutando de memoria, con la cabeza full enfocada. No es magia, no es espiritualidad, es atención sostenida.


J.

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