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Sin soltar la pava

Pasaron tres mundiales y hoy me parece una eternidad.


Muñequito vintage de un jugador de rugby agachado, en el borde de un estante blanco, junto a una maceta de cemento con cactus y el libro Tiny Book of Tiny Pleasures.
El jugador de rugby, listo para salir corriendo.

Estoy en la cocina esperando que se caliente el agua para el mate, como cada mañana. Miro el estante de siempre: el cactus, la maceta de cemento, los muñequitos de siempre.


Ahí está el jugador de rugby que compré en una feria de pulgas en Brooklyn en 2014, cuando todavía coleccionaba muñequitos. Agachado, casco puesto, como a punto de largar una carrera. Desde que llegó siempre estuvo a la vista, en este estante o en el anterior, siempre de la misma forma: mirando la pared, haciendo fuerza contra algo, empujando como si fuera lo único que sabe hacer. Durante años me pareció gracioso: un tipito tan chiquito, haciendo tanta fuerza, como si eso que empuja fuera algo que solo él podía ver.


En 2014, cuando lo compré, ya llevaba unos años en la corpo, sin buscar destacarme, con ese cartel invisible de "mirá dónde trabaja" que impresiona en un asado pero no dice nada de lo que pasa para adentro. Sin incentivos, sin crecimiento profesional, y la comodidad de poder ir a la oficina en bici, en pleno Palermo Hollywood: la pasaba bien, cobraba a fin de mes, y nada me indicaba que era buena idea incomodarme para cambiar el escenario. Todo estaba armado para que yo no me moviera. Volvía todos los días al mismo lugar, literalmente al mismo escritorio, empujando contra algo indetectable que tenía justo adelante. Tupper mode total.


Podés tener sueldo garantizado todos los meses, medicina prepaga de la ostia, un puesto que suena bien en un asado. Pero nada de eso te devuelve las horas que pasaste empujando para el lado que no era. Las certezas no aparecen pensando, aparecen caminando, y a mí me llevó doce años.


En el medio hubo unos cuantos giros que en su momento sentí como avances y no fueron más que eso: cinco grados para acá, un lugar de trabajo nuevo, la ilusión de que algo se movía. Recién en enero de este año salí de la corpo.


Y viste como es: en tu cocina o en la cocina de la oficina, la cabeza nunca deja de girar, aunque el cuerpo esté quieto. Ahí, mientras espero el agua de los mates, lo veo bien, como si fuera la primera vez: el jugador de rugby, contra la pared, empujando la nada de siempre. Lo giro sin pensarlo, casi de costado, sin soltar la pava. Y ahí entendí lo que el jugador de rugby ya me venía mostrando hacía años: la única forma de generar impacto real es el todo o nada, ciento ochenta grados redondos.


Hoy el muñequito sigue en el mismo estante, pero no empuja nada. Corre. Tiene el camino libre. No hay pared, ni obstáculo, ni nadie que lo frene, ni siquiera esa fuerza que yo misma le puse durante años sin darme cuenta, cada vez que lo acomodaba mirando para el lado que no era. A veces alcanza con girar un objeto ciento ochenta grados para entender hacia dónde tenías que mirar vos.


J.

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